El invierno en un pueblo cualquiera del sur de Gredos

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Texto: Pablo Marín Martín/ Fotos: Lena Pettersson

Llevo viviendo toda la vida en el pueblo. Aunque desde que terminé la carrera en 2009, se podría decir que es ya una decisión personal. Con los años me ha tocado escuchar muchas veces una sentencia en boca de amigos y conocidos: “El pueblo está bien, pero en verano. El invierno debe de ser muy duro y solitario aquí. ¿Tú no te aburres durante el invierno?” Nunca he sabido cómo contestar  a esto de manera clara. Y cuando afrontaba la tarea, resultaba ambiguo a quienes esperaban mi aclaración. Porque en este caso, creo que quien pregunta y quien debe responder seguimos estilos de vida tan distintos, que somos incapaces de ponernos en la piel del otro. Así que la cuestión siempre acababa con dos insatisfechos; el que preguntó, y yo por no saberle rebatir con argumentos.

Espero que en las siguientes líneas, aquel que desee encontrar una explicación veraz a esta cuestión de la vida en los pueblos termine hallándola, aunque sea a base de circunloquios.

A todas las estaciones les acompañan sus tareas en el campo. Pero es a las de los meses fríos, precisamente, a las que se las califica de la forma más genérica posible: son los “trabajos de invierno”. Una amalgama de trabajos variados llenan los días de quienes funcionamos con el reloj de las estaciones. Los cultivos permanecen aletargados. La climatología marca el rumbo. Si hace viento, no quemes, si lloviznea, no remondes, y si hiela, no descubras raíces ni plantes árboles. Si hace buen día, piensa en llevarte comida al campo, que las tardes son cortas y no merece la pena sentarse a comer y volverse nada más terminar a la finca. ¡Cuántas veces me habrán dicho aquello de: “¿Ya te vas? ¡Si te vas a la mejor hora!…cuando iba camino de casa a eso del mediodía. Y tenían razón. Más me valía haberme llevado algo de “comistrajo” y haberme puesto a comer “a punta de navaja” en un recogido al sol. Y si el tiempo es desapacible, estate en casa. Hay años raros como este en que todos los días valen, en todos se trabaja, porque ni llueve, ni nieva, ni sopla el intratable “aire” del puerto. Y como en el campo siempre hay algo que hacer, van cayendo los días en las fincas, uno tras otro, como un martillo pilón. El invierno debería ser sinónimo de parón vegetativo para las plantas. Este año, algo va mal cuando podas una cepa y llora, rezuma savia en pleno invierno cuando debería tener el metabolismo al mínimo.

Decía que son variados los trabajos de invierno: hacer una pared caída, un subidero, remondar frutales y olivas, quemar,  plantar, limpiar un zarzal que nació de la mano de la desidia y el paso del tiempo… El invierno es también pensar, planear los rendimientos del año que viene. Es soñar con lo que quieres que llegue a ser en un futuro la finca en la que siembras esperanzas. Y en los ratos muertos, el invierno también es acariciar el musgo.

***

A LAS PUERTAS DEL INVIERNO

Los días se iban acortando, los cornicabrales enrojecían y los ramerales de robles y fresnos empezaban a perder las hojas, dejando entrever los siempre verdes durillos. Un aura de otoño invierno lo invadía todo, bajo una atmósfera estable. El humo de diversos barrancos y castañares se enmarañaba, perfilando una telena difusa en todas las Cinco Villas. Un olor a chamusquina que por instinto te abría el apetito en el olivar a media mañana y que, además, indicaba un cambio: El reloj de las estaciones llamaba a la puerta. El invierno asomaba la cabeza. Mirar la hora ya no suponía una necesidad. Los pocos que funcionábamos aún “a golpe de azada” lo hacíamos en función de dos cosas: el hambre y la luz solar. Parábamos a comer cuando nos placía y regresábamos a casa cuando se metía el sol y la marea fría picaba ya de arriba.

El año que viene se planteaba en la quietud de estos días: Los castaños a plantar, las rozas, las quemas, las siembras, las podas… Mucho trabajo por delante en un invierno dilatado y en apariencia sin un final. Pero también mucho tiempo para pensar, y para fijarse dónde estaba uno mismo. Dónde vivía. Dejar definitivamente atrás los tiempos tasados y las apreturas de las cosechas. Porque pensaba que era libre de no convertirse en un autómata rural. Para conseguirlo solo debía levantar la mirada de la tierra de vez en cuando y abrir los ojos, o adentrarse en los oteaderos de las gargantas, en los riscales que constriñen el río en profundos cañones y que, por estrechos, pareciera que alcanzases a cruzar el imponente vacío de una única y valiente zancada. En ellos anda la gineta, y también desde ellos, si uno se detiene a mirar, se contempla al veloz gavilán allí abajo, esquivando postes de alisos, siguiendo el sinuoso curso del río. En las mismas piedras del riscal crece el roble tortuoso, la carrasca, el labiérnago y el musgo. Musgo que andaba seco en alguna ocasión y que reverdecí de pena con unas lágrimas secas. Ahora se muestra verde. Y la pena no ha lugar. Así que, ahí no hay más que hacer que contemplar desde este oteadero de encanto, que acariciar la suave cubierta verde con los dedos ateridos, con la mente en blanco, esperando a que el último rayo de sol se guarde por el costado y me obligue a andar en este día sordo y frío para entrar en calor. Para regresar a casa.

2013-12-12

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