Cuando el fuego era el aliado (1)

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Aunque ahora, por los incendios, asociamos el fuego con destrucción y paisajes desolados, en el campo muchas veces ha significado ayuda, protección o presencia amigable.

De esto trata los tres relatos, en los que Pablo Marín Martín transmite unos recuerdos que le han contado.

Al leerlos, no puede una dejar de preguntarse cómo es posible que en las ocasiones narradas el uso del fuego no se convirtiera en incendios incontrolados. ¿Quizá porque el campo antaño no estaba tan abandonado como ahora? ¿O porque la gente convivía más estrechamente con los elementos?

Publicamos los dos primeros relatos hoy.

   ***

Pablo Marín Martín

Cuando el fuego era el aliado.

En las noches de verano, los vecinos se reunían a la puerta de sus casas. De los portales sacaban las sillas a la calle y compartían velada, con el acicate de la brisa fresca. Los niños, entre correría y correría, a veces se sentaban para coger aliento a las afueras del pueblo. Desde allí contemplaban las lumbres de los cabreros en la sierra. Aquellas hogueras resaltaban sobre el fondo negro de la ladera. Decenas de ellas lucían por la empinada pantalla oscura de justo enfrente. Ellos se entretenían; las buscaban y las contaban. Algunos de aquellos niños sabían cuál de aquellas era la de sus parientes, pues conocían la majada donde guardaban las cabras por la noche. Otras, erráticas y perdidas por las cuerdas de la sierra venían a indicarles que aquel cabrero andaba durmiendo “a jugueril”: o lo que es lo mismo, allí donde se le hizo tarde con la piara de cabras, allí se quedó a pasar la noche.

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                                                                                  …

En el Cerritopuerco, entre Las Majadillas y el arroyo del Biezo, estaba la fuente de la Teja. Junto a ella se erigía un inmenso pino serrano seco. Se le conocía como Pino Quemado. Quizás había muerto a causa de un rayo. ¿Quién sabe?, llevaba ahí toda la vida. Recio y Agripino frecuentaban la fuente. Ese verano, vieron que en una oquedad del pino había una colmena de abejas. Recio “agateaba” a los pinos con facilidad. Pero aquí se encontraba con la complicación de que el pino no tenía corteza y la madera estaba completamente lisa. Intentaba subir, pero resbalaba. La dulce recompensa merecía cualquier esfuerzo. Y más valía que espabilasen, pues ellos eran jóvenes (apenas tenían 15 años) y era probable que pudiera verla otro cabrero adulto y se quedase con un bien tan escaso como era la miel. Agripino cogió algo de fusca, y Recio se puso a “jachuelear” en la base del pino sacando virutas de tea. Prendieron la fusca y arrimaron las teas a la llama. Una vez que mantuvieron la llama viva, fueron rodeando la peana del pino con más fusca, piornos secos, ramas y teas. Procuraban arrimarlo bien al tronco. Poco a poco, el humo penetró por dentro, hasta que empezó a salir por los cándalos y por la propia abertura de la colmena.  El pino permaneció ardiendo tres días y tres noches hasta que por fin sucumbió cayendo a tierra desde la vertical. Ya era suyo. Todos los cabreros sabían lo que andaban haciendo en el Pino Quemado. El botín era para ellos, se lo habían ganado. Al día siguiente bajarían orgullosos con una carga de miel para sus casas.

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