Con el cambio climático, los ciclos naturales se están adelantando cada vez más

Publicado por

Pablo Marín Martín

El 17 de abril oí por primera vez este año a la oropéndola -esta ave migratoria de vivos colores- en el prado de La Azura. Era una mañana fresca. Una de esas en las que el trabajo no pesa por ir acompañado de un tiempo amable. El prado estaba tupido de una hierba verde y tierna. El canto provenía de lo más profundo del robledal. De vez en cuando, algún macho se dejaba ver pasando fugazmente por encima de mí en dirección a los alisos del río. El valle estaba en pleno esplendor. Mientras, en las tierras altas, los robles desprovistos de hoja aún no les podían dar cobijo a estas esquivas aves.

El 13 de junio, el sonido también provino de las copas de los robles. En este caso era más chirriante y desagradable. Fue a mediodía, cuando el calor empieza a apretar con ganas y te marca la hora de regreso a casa, con el cuerpo cansado y las ganas de comer. Se trataba de las primeras chicharras emitiendo su típico sonido estridente, aún algo tímido.

Si observásemos cada año el día en que ocurren por primera vez estos dos sucesos, estaríamos haciendo un estudio sobre fenología. Es decir, ver cómo varían las fechas de los ciclos biológicos, las migraciones o la floración, en función de las condiciones meteorológicas. En el contexto de cambio climático en que se encuentra el planeta, los ciclos naturales se están adelantando cada vez más. Hay especies que antaño migraban y ahora no tienen necesidad porque los inviernos son poco rigurosos. Es el caso de muchas cigüeñas. Los quejigos de la sierra de Cádiz, por ejemplo, mantienen parte del follaje verde durante el invierno. Cultivos que antes serían impensables en algunos rincones del Valle del Tiétar, ahora están a pleno rendimiento debido al ascenso térmico. Por ejemplo, la higuera de cuello de dama. Cuando me lo contaban, yo no daba crédito a lo que estaba escuchando. Dice la gente mayor que hace 50 años esta higuera no maduraba los frutos en Cuevas, más que en algunos parajes de la zona baja. Y que como mucho, podías probar los higos secos en octubre, cuando se iba a la vendimia si el verano venía largo. Noches y días más frescos atrasaban la maduración hasta hacerla solapar con la entrada del otoño, generalmente lluvioso, por lo que la higuera no se ha convertido en un cultivo rentable hasta hace relativamente poco tiempo.

Hemos visto que el cambio climático puede acabar modificando parámetros binarios: tira la hoja o no la tira, las aves migran o no migran… ¿Pero qué sucede con aquellas variables que son continuas? Por ejemplo: ¿Cuándo florece el almendro si subimos un grado la temperatura media del mes de enero? Pues florecerá antes que si la temperatura es más baja. Obvio, pero… ¿Dónde está el límite si la temperatura sigue subiendo progresivamente más y más?

Esta cuestión me surgió un año en que vi las primeras flores de un almendro un 29 de diciembre. Y pensé: “¡Vaya, viene tan adelantado el año que ya el frutal más temprano se atreve a florecer antes del año entrante! Si el año empieza pasado mañana y ya hay flores antes de finalizar éste… ¿habremos llegado al límite de adelanto fenológico?”

Es un razonamiento simplificado, pero la verdad que yo sigo sin encontrar respuesta a este interrogante: ¿dónde está el límite fenológico, la mayor precocidad posible en un proceso de floración? En un tiempo que sabemos que es cíclico y compuesto por estaciones, cuesta encontrar la respuesta. Es una pregunta en términos matemáticos, o filosóficos: ¿Cuál es el principio de la pescadilla que se muerde la cola? Hay una explicación, por supuesto, pero yo la desconozco.

El verano hay que imaginárselo como un río que come (en el sentido temporal de la palabra) ambas orillas (la primavera y el otoño). Y el invierno, a su vez, se vuelve menos riguroso y se convierte en un medio otoño-medio primavera. El verano será cada vez más abrasador, pero seguirá habiendo estaciones diferenciables por el fotoperiodo, siempre que el eje de la Tierra se esté en su sitio. No podemos decir, por tanto, que el clima de Ávila se vaya a ir convirtiendo desde el mediterráneo actual a uno del tipo subtropical. Sería incorrecto decirlo porque la insolación (dependiente de la latitud a la que nos encontramos) implica unos fuertes contrastes estacionales a lo largo del año.

A medida que suba la temperatura, las especies térmicas colonizarán nuestro país desde el continente africano. Las especies de alta montaña quedarán más y más acantonadas en las cumbres hasta desaparecer en el concepto de “islas en el cielo” (como se denomina al lugar óptimo para una especie que ya no existe como tal, porque estaría por encima de la tierra firme existente). ¿Habrá una flora adaptada al siglo XXII? Claro que sí. Pero, ¿de dónde surgirá ésta, principalmente? ¿De la coevolución de las especies con las condiciones de un clima cambiante? ¿De la migración de especies? ¿Será lo suficientemente rápida la aclimatación y resiliencia de las plantas como para salvar de la extinción nacional a especies que todos conocemos, como por ejemplo, Pinus uncinata?

 Lectores de Voces, me gustaría que me explicárais si mi almendro podrá florecer alguna vez en octubre. Pero preferiría, sin duda, que todos nos uniéramos para hacer lo que esté en nuestras manos para evitar aquellas amenazas que por sus dimensiones somos incapaces incluso de imaginar.

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Foto: Lena Pettersson

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