Aire acondicionado

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El otro día estaba tomando una cerveza con un amigo en un bar, en un pueblo vecino. Era casi mediodía, y aunque había un toldo sombreando nuestra mesa, hacía calor.

Cada vez hacía más calor.

Al final nos fuimos a sentar en un banco debajo de un castaño grande que había en el centro de la plaza. En seguida, el ambiente era muchísimo menos sofocante.

Un estudio publicado en la revista Nature Medicine (y referida en una artículo publicado ayer en diario.es) estima que en el verano pasado -el más caluroso jamás registrado en Europa- murieron más de 61.000 personas por calor en el continente (por deshidratación o golpes de calor, o por patologías preexistentes que se agravaron). Más de 11.300 de ellas en España.

Zamora, que se encuentra entre las regiones en las que más aumentó el calor respecto a las medias históricas, fue la provincia con mayor tasa de muertes por calor de España.

En el artículo subrayan que «Las muertes por calor, pues, no están tan ligadas a un golpe de calor puntual, sino a los efectos prolongados de temperaturas mucho más altas de lo que el cuerpo está acostumbrado» https://www.eldiario.es/catalunya/calor-mato-11-300-personas-espana-durante-verano-2022_1_10365978.html

Estos datos, junto con el respiro que nos regaló el castaño el otro día, me ha recordado de algo que hace poco leí en el documento «Water for the recovery of the climate – A New Water Paradigm». Aunque los autores hablarán de un árbol muy grande en Eslovenia, sin problemas de agua, entiendo que el principio -pero no los números exactos- de funcionamiento es válido en cualquier sitio. Lo traduzco aquí:

Las plantas que transpiran, especialmente los árboles, son el sistema perfecto de aire acondicionado de la Tierra. Imaginemos un árbol grande, sin otros árboles junto a él, con una copa de unos 10 metros de ancho. En esta copa, de 80 m2 de superficie, cae cada día 450 kWh of solar energy (4-6 kWh/por m2). Una parte de la energía solar es reflejada, una es absorbida por el suelo, y otra se convierte en calor. Si al árbol no le falta agua, transpira unos 400 litros de agua cada día. Para esta transformación de agua líquida al vapor, consume 280 kWh. Esta cantidad de energía representa la diferencia entre la sombra de un árbol, y la sombra de un toldo del mismo diámetro. En un día soleado, este árbol enfría el ambiente con una potencia equivalente a 20-30 kW, como de una decena de aparatos de aire acondicionado. Además, se alimenta sólo de energía solar, está hecha de material reciclable, requiere un mantenimiento mínimo y emite vapor de agua, regulado por millones de estomas que responden al calor y humedad del ambiente. Y lo principal: la energía solar ligada al vapor de agua se va para luego ser liberada al condensarse en lugares más frescos. De esta manera equilibra la temperatura en el tiempo y el espacio, a diferencia de los frigoríficos o aparatos de aire acondicionado, que sueltan el calor en sus entornos cercanos. Un árbol, a diferencia de esos electro domésticos, además es completamente silencioso, absorbe ruido y polvo, y absorbe CO2…

Lena Pettersson

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