Desde el pasado septiembre, las nueve placas fotovoltaicas que instalé en el tejado de mi vivienda han producido cerca de 5 MWh de energía eléctrica – lo que según la página de internet donde veo mi consumo y producción equivale a más de dos toneladas de CO2 ahorradas.
Esto me produce bastante satisfacción, sobre todo considerando que tanto mi factura de la luz, como la del piso de un amigo, durante la mayor parte del año van a ser de 0 euros (mi comercializadora es Octopus Energy, que permite acumular el excedente -pagándolo a más del 50% de lo que me cuesta a mí la energía de la red- y utilizarlo para cubrir todos los conceptos, además de acoplar también otro contrato).
Yo me estoy beneficiando de una de las ventajas de la energía fotovoltaica: su «potencial democrático», es decir el hecho de que posibilita la generación de energía a pequeña escala y próxima al área de consumo.
La semana pasada el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico presentó una actualización del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030. Este plan actualizado quiere que en 2030 las energías renovables cubran el 48% del uso final de la energía, y el 81% de la generación eléctrica. Propone que la potencia instalada de energía eólica se doble en comparación con el año 2020 (de cerca de 27 a 62 GW en 2030), y que la de energía fotovoltaica se multiplique por siete, de 11 a más de 76 GW. 19 de esas GW podrían proceder del autoconsumo. https://www.climatica.lamarea.com/borrador-pniec-2023-2030-espana/ (…y datos de la página 72 del borrador).
Por cierto, si hay alguien más que yo que tiene problemas con estas magnitudes, os recuerdo que «mega» se refiere a «un millón de», y «giga» a «mil millones».
En una entrevista en la revista Alternativas Económicas (mayo 2023), Mario Sánchez Herrero, profesor de Economía de la Complutense, y fundador de Ecooo – empresa sin animo de lucro que trabaja por una transición energética democrática- dice:
Creemos que es necesario darle la vuelta al modelo energético en clave ciudadana, siguiendo la idea de que el pueblo se rebela y toma la Bastilla. Si la ciudadanía no se moviliza y no protagoniza la transición energética, lo que va a acabar sucediendo —y en buena medida, está sucediendo ya— es que las corporaciones que han tenido cautivo el modelo energético de este país sustituirán —cuando les venga bien, no cuando el planeta lo necesite— las tecnologías fósiles por las tecnologías renovables, y eso significa grandes huertos solares y grandes parques eólicos, cuando, desde nuestro punto de vista, deberíamos poner el modelo energético en manos de la gente con un modelo mucho más distribuido.(…)
(…) De acuerdo con nuestros números, los objetivos de desarrollo de energía fotovoltaica del Plan Nacional de Energía y Clima se pueden alcanzar holgadamente solo con autoconsumo en sus tres modalidades: individual, colectivo y de proximidad.
Sin embargo, en el PNIEC, sólo una cuarta parte de la energía fotovoltaica será de autoconsumo. ¿Y los 57 GW restantes? ¿Dónde estarán las instalaciones que los producirán? ¿Quiénes se beneficiarán de ellas, y quiénes sufrirán los impactos negativos?
En la propuesta de actualización del plan se expresan los deseos piadosos de que el despliegue de las renovables «mejore la cohesión territorial y la lucha de la despoblación». Pero están surgiendo muchos problemas y conflictos.
ALIENTE, la Alianza Energía y Territorio, es una plataforma que actualmente agrupa a 219 asociaciones de toda España y que trabaja para un desarrollo de un modelo energético distribuido y justo que garantice la conservación de la biodiversidad. En su página explican que:
Han pasado dos décadas desde que comenzaran a instalarse complejos de energía renovable a gran escala en toda la península, iniciando lo que más adelante se conocería como Transición Energética. Durante este tiempo, se ha alcanzado un consenso científico que respalda y constata que una transición energética capaz de afrontar los retos de la crisis climática no puede consistir en una transición meramente tecnológica como la que está ocurriendo, en apariencia “verde” aunque carente de atención hacia el soporte sobre el que se instala dicha tecnología: el territorio.
El modelo energético centralizado que se plantea satura los territorios con proyectos de renovables a gran escala y líneas de alta tensión, resultando devastador para el paisaje y la biodiversidad, al tiempo que genera en la sociedad un ideal de consumo ilimitado, mientras niega alternativas menos dañinas y menos consumistas
(…)
…a diferencia de las energías fósiles, las energías renovables requieren de grandes extensiones de terreno, por lo que su desarrollo supone una nueva presión sobre el territorio y los seres vivos que lo habitan. Mantener el actual consumo energético cambiando simplemente fuentes fósiles por renovables implica un mayor impacto ambiental, por lo que lo urgente y verdaderamente inaplazable es la mejora de la eficiencia energética y la reducción del consumo global.
Conviene señalar que el daño al equilibrio y cohesión del territorio, a la biodiversidad y al desarrollo local sostenible es mayor en las instalaciones renovables centralizadas, mientras que la generación distribuida y las pequeñas instalaciones renovables permiten una mayor compatibilidad con la ordenación del territorio por su proximidad a los centros de consumo.
Es por ello que el desarrollo masivo, sobredimensionado y sin planificar de instalaciones renovables a gran escala bajo un paradigma centralizado, en ausencia de políticas efectivas de ahorro y eficiencia de la energía está suponiendo, entre otros impactos, un grave riesgo para la conservación de la biodiversidad en nuestro territorio, la más rica y singular de toda Europa Occidental, lo que además supone la pérdida de los servicios que la biodiversidad nos brinda, entre ellos la protección de la salud.
Según un artículo de «Verde y azul» en 2021, España tenía ya entonces 99 grandes instalaciones de generación fotovoltaica: 41 de 10 a 50 megavatios, 52 de 50 a 100 megavatios y seis de más de 100 megavatios.
Instalaciones así ocupan extensiones enormes. Y ahora habrá mucho más, porque hace dos años ya había un potencia de acceso aprobada de 96.000 megavatios (es decir, 96 GW), y solicitudes que sumaban más de 200.000 megavatios. https://verdeyazul.diarioinformacion.com/espana-invadida-por-macroparques-solares.html
Esto es mucho más que las 76 GW de energía fotovoltaica pronosticada para el año 2030 en el plan nacional actualizado. Y muchísimo más que las 11 GW instalados en 2020.

En Ávila, que yo sepa, hasta ahora no hay ninguna planta fotovoltaica muy grande. Pero parece que hay unos «megaproyectos» que el Grupo Ibereólica quiere instalar en dos pequeño municipios de la Moraña: «Ávila I» y «Ávila II».
«Ávila I» está programado para el año 2026, su potencia instalada será de 360 MW y ocupará 600 héctareas de tierras, es decir seis kilómetros cuadrados – una cuarta parte de los menos de 24 km2 del municipio de Pajares de Adaja.
La puesta en marcha de «Ávila II» está programada para el 2025, será de 225 MW. No dice la extensión que ocupará de los 31 km2 del municipio de Adanero, pero en proporción, supongo que unos cuatro km2.https://www.grupoibereolica.com/proyectos/sol/
Posiblemente un amigo mío tiene razón cuando dice que en nuestra provincia no hay conflictos por las plantas fotovoltaicas, y que los ayuntamientos y los vecinos (127 habitantes en Pajares de Adaja, 214 en Adanero) estarán encantados con los proyectos de la empresa.
Pero: ¿son sostenibles? ¿Nos posibilitan un futuro más largo, armónico y «verde»? Los críticos dicen que ya hay una oferta sobredimensionada de electricidad, y sabemos que todos estos materiales (paneles, inversores, tendidos, estructuras, etc) necesitan un montón de minerales que cada vez escasean más – aparte de combustibles fósiles para su fabricación…
Lena Pettersson